Numerosos estudios epidemiológicos han demostrado que las presiones
sanguíneas sistólicas y diastólicas tienen una asociación
positiva fuerte, contínua, graduada y etiológicamente significante
con el desenlace de la enfermedad cardiovascular.
Dichas relaciones son consistentes tanto en hombres como en mujeres, en sujetos
jóvenes, adultos y ancianos, entre diferentes grupos raciales y étnicos,
así como dentro de y entre diferentes países. Aunque hay un
riesgo contínuo entre los diferentes niveles de presión sanguínea,
la clasificación de los adultos de acuerdo a la presión sanguínea
provee un marco de trabajo para la diferenciación de niveles de riesgo
asociados con las diferentes categorías de presión sanguínea,
así como para la definición de umbrales de tratamiento y metas
terapéuticas.
De acuerdo a la clasificación del JNC VII (por sus siglas en inglés),
la OMS y la Sociedad Internacional de Hipertensión, los sujetos NO
HIPERTENSOS con una presión sistólica de 130 a 139 mmHg o una
presión diastólica de 85 a 89 mmHg son categorizados como poseedores
de una tensión normal-alta.
Aunque estas personas tienen mayor probabilidad de tener un elevado riesgo
de enfermedad cardiovascular, existe una brecha de información acerca
de dichos riesgos absolutos y relativos en ellas. A pesar de que están
disponibles los datos respecto a eventos coronarios y ACV en estas personas,
la información acerca de eventos no fatales en esta categoría
es limitada.
A pesar de que numerosos investigadores han reportado riesgos cardiovasculares
asociados con presiones sanguíneas elevadas, pocos han presentado los
riesgos absolutos y relativos de enfermedad cardiovascular de acuerdo a las
categorías usadas en la práctica clínica. Se investigó
la asociación entre el nivel de presión arterial de la categoría
"normal-alta" al inicio y la incidencia de enfermedad cardiovascular,
en un estudio prospectivo de 6.859 participantes en el estudio de Framingham,
quienes estaban inicialmente libres de hipertensión y enfermedad cardiovascular.
Se encontró un incremento progresivo en la tasa de eventos cardiovasculares
en las personas con mayores niveles de presión sanguínea basal.
La incidencia acumulativa a 10 años de enfermedad cardiovascular en
los sujetos de 35 a 64 años que tenían presión sanguínea
normal-alta fue 4% (95% IC: 2 - 5%) para las mujeres y 8% (95% IC: 6 - 10%)
para los hombres. En los sujetos mayores (65 a 90 años), la incidencia
fue de 18% (95% IC: 12 - 23%) para las mujeres y 25% (95% IC: 17 - 37%) para
los hombres.
Al compararse con niveles óptimos de presión sanguínea,
los niveles normales-altos se asociaron con factor de riesgo - tasa ajustada
de riesgo para enfermedad cardiovascular de 2,5 (95% IC: 1,6 a 4,1) en las
mujeres y 1,6 (95% IC: 1,1 a 2,2) en los hombres.
Conclusión: La presión sanguínea normal-alta está
asociada con un incremento del riesgo de enfermedad cardiovascular, por lo
que los hallazgos descritos en este trabajo enfatizan la necesidad de determinar
si disminuyendo la presión sanguínea normal-alta se puede reducir
dicho riesgo.